Batallas
por Rosa Elvira Peláez

Cuando uno está de vacaciones no debe enamorarse. Hace años, por una desafortunada experiencia, escribí la frase en mi libreta de apuntes de la época. En una de las tantas mudanzas, la libreta no me siguió, pero nunca he olvidado lo que escribí. Bueno, eso pensaba.
Hoy no me queda otra que decirte que fui torpe, que tal vez comienzo a padecer Alzheimer, o que el sentido común anda en rebeldía, que hay mil y una razones enloquecidas que sería largo de recontar, no dispongo de tiempo, pero lo cierto es que olvidé totalmente la frase cuando nuestro amigo nos presentó y comenzaste a hablar.
Esta ciudad siempre tendrá para mí un sabor distinto. Es una ciudad que no pertenece al planeta. Tú tienes la culpa de mi ataque de ciencia-ficción.
"Cualquier tema que hables con éste, es una batalla perdida", me dijo nuestro común amigo, cuando tú pasaste junto a nuestra mesa y saludaste. Me picó la curiosidad y le pedí que te invitara a sentar.  Recuerdo que hablamos como para llenar un volumen de quinientas páginas tamaño estándar, ¿o crees que me quedo corta calculando?
El reloj colapsaba para los planes de nuestro amigo, que terminó por dejarnos por imposible, se levantó y se fue. Realmente, eres un contendiente con mucha enciclopedia en las espaldas. Cuando del bar nos echaron, porque el dueño quería irse a dormir, te invité al hotel donde me hospedaba y no encontraste otro rumbo mejor para tus ganas de seguir hablando sobre Marte y Bradbury. El tiempo desde entonces nos resultó insuficiente y mis programadas vacaciones cayeron en desuso.
Te confieso que más que pálpito, lo que creíste entonces porque yo quise ufanarme, ahora debo decirte, sinceramente, que fue mi derrota la que convocó la victoria que me regalaste para tu placer.
Este tipo, me dije, con tantos conocimientos sobre tantos temas, siempre me va a vencer. Me sentía un poco cansada; contenta por haberte conocido, pero empezaba a cansarme. Necesitaba estirar los brazos, se me estaban acalambrando y tú estabas demasiado cerca, contándome sobre ciertos hábitos de los maoríes. Eran como las tres de la madrugada y una botella de gin estaba a pocas onzas de fallecer. ¿Podrás creer esto? No premedité el abrazo.
Tú te acercaste demasiado cuando te toqué, y quizá, sin querer, yo te toqué demasiado. Ambos cometimos un error de cálculo de distancia. O tal vez hubo exceso de demasiado. ¡Qué íbamos a ponernos a aclarar el malentendido! Lo único que quedaba era probar la cordura de los abrazos. Creo que hemos hecho buena nota.
Como las vacaciones terminan, yo tengo que partir, tú te quedas, es lo que iba a suceder pero lo que podría no ocurrir. No quiero que haya otro malentendido. Y no quiero otro, porque todo ha sido suavemente intenso y lentamente raudo. Por eso decido escribirte.
Necesito decirte varias cosas, pero prefiero que leas. Acaso trato de escapar de una tristeza que podría comenzar a reclutarme. Espero que esta libreta se mantenga abierta en esta hoja, esperando tu regreso del trabajo.  Quiero decirte:
Que asumo la responsabilidad del error de cálculo de hace 27 días (dejando constancia de que me ha dado placer equivocarme).
Que no lamento haber olvidado aquella frase que apunté en una lejana época (dando fe que me ha hecho bien no tener tanta memoria).
Que me gustaría saber si tienes algo de culpa propia que reconocer en este "error" (saltaría de alegría si coincidimos con la falla sólo para llegar a un mismo arreglo).
Que no me molestaría seguir equivocándome (y quisiera que, ya que sabes tanto de tanto, te encantara llevarme contigo en sucesivas batallas).
En fin, si mi tren no sale antes de hora y tú regresas a tu casa sin sufrir ningún percance, si esto lees, no tendrás ni que apurarte (llegarás a paso normal).
Me voy, estaré mirando el reloj, sintiendo que mi corazón es una bomba de tiempo, que podría estallar en pleno viaje si llego a subir al tren (si tiene que suceder, seré tantos pedacitos que jamás volveré a encontrarme entera).
Hoy más que nunca, aunque sea muy tarde, sigo pensando que uno no debe enamorarse cuando está de vacaciones. Tengo miedo de que no aparezcas en el andén.

(De la serie "Cartas para cualquiera".)